El fin de la utopía multicultural

Por: Francis Fukuyama

Según el politólogo estadounidense Francis Fukuyama, el fracaso de la integración de los musulmanes en Europa es una bomba de tiempo que ya ha contribuido al terrorismo y puede llegar a convertirse en una amenaza para la democracia

 

Las modernas sociedades liberales de Europa y América del Norte tienden

a tener una identidad débil; muchas celebran su pluralismo y

multiculturalismo, afirmando que su identidad consiste, de hecho, en no

tener identidad. Pero la identidad sigue existiendo en todas las

democracias liberales, aunque con diferente carácter en América del

Norte y en los países de la Unión Europea. Según Seymour Martin Lipset,

la identidad estadounidense siempre ha sido de naturaleza política, ya

que los Estados Unidos nacieron de una revolución contra la autoridad

estatal basada en cinco valores fundamentales: igualdad, libertad (o

antiestatismo), individualismo, populismo y laissez faire

. La identidad estadounidense está arraigada en las diversas

tradiciones étnicas, particularmente en la que Samuel Huntington

definió como la cultura "angloprotestante", de la cual derivan la

famosa ética protestante del trabajo, la tendencia al asociacionismo

voluntario y al moralismo en política. Estos aspectos clave de la

cultura estadounidense se encuentran distantes de sus orígenes étnicos

a principios del siglo XXI, y se han convertido en patrimonio de la

mayoría de los nuevos estadounidenses.



Después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa cundió un

intenso esfuerzo cuyo propósito era crear una identidad europea

"posnacional", pero muy pocos la consideraron genéricamente europea.

Con el rechazo de la Constitución europea en Francia y en Holanda en el

referéndum de 2005, los ciudadanos manifestaron claramente que no están

dispuestos a renunciar al Estado y a la soberanía nacional. La vieja

identidad nacional europea subsiste, y la población conserva un fuerte

sentido de lo que implica ser inglés, francés o italiano, aunque no sea

políticamente correcto afirmar tal identidad. La identidad nacional en

Europa, comparada con la identidad en los Estados Unidos, continúa

basada sobre los aspectos étnicos. La mayor parte de los países

europeos tiende a concebir el multiculturalismo como un friso en el que

deben coexistir diferentes culturas, más que un mecanismo de transición

para integrar a los recién llegados a la cultura dominante.



Sean cuales fueren las causas, el fracaso europeo del intento

de crear una mejor integración de los musulmanes es una bomba de tiempo

que ya ha contribuido al terrorismo, que por cierto provocará una

reacción más firme de los grupos populistas y que posiblemente llegue a

convertirse en una amenaza para la democracia europea misma. La

solución del problema requiere un cambio del comportamiento de esa

minoría inmigrante y de sus descendientes, pero también del de la

comunidad nacional dominante. El primer paso de una solución es admitir

que el viejo modelo multicultural no ha tenido gran éxito en países

como Holanda y Gran Bretaña, y que es necesario sustituirlo por

intentos más enérgicos para integrar a la población no occidental a una

cultura liberal común. El viejo modelo multicultural estaba basado en

el reconocimiento de los grupos y de sus derechos. A causa de un

erróneo sentido de respeto por la diferencia -y tal vez por

sentimientos de culpa poscoloniales-, se otorgó a las comunidades

culturales una excesiva autoridad para fijar las reglas de conducta de

sus miembros. El liberalismo no puede basarse en los derechos de los

grupos, porque no todos los grupos sostienen valores liberales. La

civilidad de la Ilustración europea, de la cual es heredera la

democracia contemporánea, no puede ser culturalmente neutral, dado que

las sociedades liberales tienen valores propios que resguardan la

igualdad de los valores y de la dignidad de los individuos. Las

culturas que no aceptan esas premisas no merecen igual protección en

una democracia liberal. Los miembros de la comunidad inmigrante y sus

descendientes merecen ser tratados en un plano de paridad como

individuos pero no como miembros de la comunidad cultural.



En lo referido a la ley, no hay motivo para que una muchacha

musulmana reciba un trato diferente del que se le da a una cristiana o

a una judía, sea cual fuere la concepción de la ley que tengan sus

padres. El multiculturalismo, tal como fue concebido originalmente en

Canadá, en los Estados Unidos o en Europa, era en cierto sentido una

"apuesta al fin de la historia": la diversidad cultural era considerada

como una suerte de adorno del pluralismo liberal, que proporcionaba

comida étnica, vestimentas coloridas y trazas de tradiciones históricas

peculiares a una sociedad considerada confusamente conformista y

homogénea. La diversidad cultural era algo que se practicaba mayormente

en la esfera privada, donde no conducía a ninguna violación seria de

los derechos individuales ni minaba el orden social esencialmente

liberal. Por el contrario, hoy algunas comunidades musulmanas plantean

exigencias de derechos grupales que simplemente no pueden adaptarse a

los principios liberales de igualdad entre los individuos. Esas

exigencias incluyen la exención especial de la legislación familiar

válida para todos los miembros de la sociedad, el derecho de excluir a

los no musulmanes de ciertos acontecimientos públicos o el derecho de

oponerse a la libertad de expresión en nombre de la ofensa religiosa.

En tales casos extremos, la comunidad musulmana ha expresado incluso la

ambición de desafiar el carácter laico del orden político general.



Los derechos de grupo atacan a los derechos de otros

individuos de la sociedad y trasladan la autonomía cultural fuera de la

esfera privada. Pedir a los musulmanes que renuncien a los derechos de

grupo es mucho más difícil en Europa que en los Estados Unidos, porque

muchos países europeos tienen tradiciones corporativas. La existencia

de escuelas cristianas y judías financiadas por el Estado en muchos

países europeos dificulta, por principios, la argumentación en contra

de un sistema escolar sostenido por el Estado y destinado a los

musulmanes. Estas islas de corporativismo funcionan como un precedente

importante para la comunidad musulmana y obstaculizan el mantenimiento

de un muro divisorio entre la religión y el Estado. Si Europa quiere

establecer el principio liberal de un pluralismo basado en el

individuo, deberá enfrentar el problema que representan esas

instituciones corporativas heredadas del pasado. La modalidad con que

se entiende y se vive la identidad nacional posiblemente constituya una

barrera para la integración de los recién llegados, que no comparten la

etnia ni la religión de las poblaciones originarias. No habría que

eliminar este sentido de pertenencia a un lugar y a una historia, pero

sí habría que abrirlo tanto como sea posible para los nuevos

ciudadanos.



A pesar de sus orígenes absolutamente diferentes, los Estados

Unidos puede enseñarles algunas cosas a los europeos en lo referido a

la construcción de formas de ciudadanía y de pertenencia posétnicas. La

vida estadounidense está colmada de ceremonias y rituales

pararreligiosos destinados a celebrar las instituciones políticas

democráticas del país, mientras que los europeos, en cambio, han

desritualizado intensamente su vida política. Estas ceremonias son a

veces muy importantes para asimilar a los nuevos inmigrantes. Además,

en gran parte de Europa, la combinación de leyes rígidas del mundo

laboral y de generosidad en cuanto a los beneficios de seguridad social

explica por qué los inmigrantes no llegan en busca de trabajo, sino de

beneficios sociales. Muchos europeos afirman que el sistema menos

generoso de bienestar social de los Estados Unidos priva de dignidad a

los pobres. Pero es más bien al contrario: la dignidad se desarrolla

gracias al trabajo y a la contribución que, por medio del trabajo, hace

una persona al resto de la sociedad. En diversas comunidades musulmanas

de Europa, casi la mitad de la población sobrevive de los beneficios

sociales, circunstancia que contribuye directamente a infundir en ellos

un sentimiento de alienación y desesperación. El dilema de la

inmigración y de la identidad converge con el problema mayor de la

falta de valores de la posmodernidad. El ascenso del relativismo ha

hecho que a los posmodernos les resulte más difícil apuntalar valores

claros y también, por lo tanto, los valores compartidos que a los

inmigrantes se les exige aceptar como propios como condición necesaria

para la ciudadanía. Más allá de la celebración de la diversidad y de la

tolerancia, a los posmodernos les resulta difícil ponerse de acuerdo

acerca de la sustancia de un bien común al cual aspirar en conjunto. La

inmigración se ve obligada a plantear de manera particularmente

angustiosa la pregunta: "¿Quiénes somos?". Si la sociedad posmoderna

pretende avanzar hacia una discusión más seria de la identidad,

tendremos que sacar a la luz las virtudes positivas que definen qué

significa ser miembros de una sociedad más amplia. En caso contrario,

corremos el riesgo de ser aplastados por los que están más seguros de

su propia identidad.



Gentileza revista Atlantide y Corriere della Sera
Traducción: Mirta Rosenberg


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